[listening: Sky Starts Falling de The Doves]Ayer mientras llovía pasó por mi mente cierto episodio de mi vida, de esos que no son tan importantes pero sin embargo es difícil que alguna vez desaparezcan por completo de mi memoria.
(¿Mencioné que hoy toqué con una varita una víbora de cascabel?)
Hace ya algunos años, no sé cómo ni en que momento, mi amigo J y yo decidimos que la mejor forma de pasar esa tarde de ocio era dar un recorrido por bares de mala muerte de la Zona Norte de la ciudad. Cabe aclarar que ni J ni yo eramos muy doctos en esos aspectos (yo, al menos, sigo sin serlo) y que a decir verdad eran más mis ganas de respirar ese aire pesado y ese olor a dignidad medio podrida que sólo en lugares así se puede hallar.
(Hablando de podrido, ¿dije ya que hoy, haciendo fotos, me encontré con el cadáver descompuesto de un lince?)
Era el tercer sitio en el que entrábamos, el más corriente de los que visitamos ese día. La desesperación del “jalador” se notaba en la
suplica forma tan insistente de pedirnos que entraramos al local. Había una mujer muy fea bailando en el escenario vistiendo sólo una elegante tanga, y J y yo nos sentamos en una mesa lejos de su alcance aunque el lugar estaba práticamente vacío (no le ibamos a dar nuestros
pocos dólares a esa mujer).
No habíamos terminado de sentarnos cuando ya estaban
literalmente sobre nosotros dos chicas cuya obvia misión era pedir una bebida (a nuestra cuenta, claro) que sería su disimulada tarifa por hacernos compañía. Antes de que llegaran nuestros encargos noté tres cosas:
a) que J ya se encontraba en intenso faje con su
respectiva a escaso medio metro de mi;
b) que la joven a mi lado no era tan joven; y
c) que era su primer día, pues cuando le busqué la mirada sus ojos mostraban el mismo asombro que yo ante la facilidad de nuestros vecinos de comenzar con su asunto.
(¿Dije antes que últimamente estoy pensando mucho en esa facilidad que tengo de contaminar a la gente a mi alrededor?)
Era más fácil para los dos comenzar a hablar de la primera tontería que se nos pasara por la cabeza que soportarnos en silencio (pero eso, creo, le pasa a todo el mundo en cualquier situación). Lo que no imaginé era que esa primer tontería en pasar por su cabeza era decirme que por 60 dólares podíamos irnos a coger a un motel. Me sorprendió todavía más que fuera capaz de decirme algo así mirándome a los ojos, y me salió una sonrisa incrédula, incómoda, como esperando la sonrisa de mi acompañante aunque sabía de antemano que no se trataba de una broma.
¿Qué es lo correcto responder a una invitación así? Podía haberle dicho: “No, gracias. Tengo novia” aunque no la tenía, o bien, aprovecharme de la verdad y confesarle que no llegaba (ni juntando mi presupuesto con el de J) al costo de sus servicios. Ahora se me ocurren varias opciones más, pero en aquel momento lo único que atiné a decir fue: “Eres de Michoacán”.
(¿Expliqué ya que me estoy muriendo de sueño pero no quiero dejar este post sin publicar?)
No sé que le moví al reconocerle el acento. Creo que la descompuse. Pero eso pasa cuando mueves cosas que no debes en mecanismos que no conoces. Momentos después sabría que (como ya imaginaba) era su primer día, que tenía una semana en Tijuana, que había dejado dos hijos y marido en su pueblo porque el muy cabrón la golpeaba; que le habían ofrecido ese trabajo dos días antes y lo terminó aceptando al tercero por hambre, y que de haber aceptado su propuesta de negocios, habría sido yo el cuarto hombre en el día con el que se fuera al motel. Aún pudo decir, orgullosa, que aparte de su marido, los tres clientes del día eran los únicos en conocerla en el terreno de lo sexual. Sonrió, como ya dije, orgullosa. Ahora fui yo el que no pudo regresar la sonrisa.
Tuve la
muy pendeja mala idea de decirle que por un momento pensara en los hijos que se quedaron extrañando a su mamá. Que había un mundo de opciones más adecuadas que la que estaba tomando, y que se encontraba a tiempo de mandar a su padrote a la chingada y salirse en ese momento de ese asqueroso
congal.
(¿Sabían que hace unos años no era tan pesimista, y pensaba que la gente tenía un mundo de opciones adecuadas?)
Minutos después, a mitad de mi discurso, J interrumpió para decirme que era hora de seguir con el recorrido. Apresuré mis últimas razones, lancé otras tantas posibilidades, y me despedí. Ella se quedó con la mirada perdida en la mujer fea que seguía contoneándose torpemente en el escenario, y después me miró sin expresión respondiendo a mi despedida. ¿Besarle la mejilla? ¿Abrazarla? Por supuesto que no, ni en esas circunstancias me habría perdonado un acto tan cursi; sin embargo, sí le deseé que tomara la mejor decisión, y que le fuera muy bien en su vida (supongo que terminé siendo sólo medianamente cursi).
Desde entonces he pensado que les eché a perder una “empleada” en tan sólo unos minutos, y me he preguntado por qué uso un eufemismo como “empleada” para no llamarla prostituta (ni siquiera “trabajadora sexual”). A veces, cuando recuerdo ese día, la imagino viviendo con sus hijos, otras trabajando aún en algún lugar de ambiente pesado y dignidades podridas. Lo que no cambia es el pensar que no se acuerda de mi, y de alguna forma, eso espero.
(¿Han notado lo patético que es aprovecharse de cierto recurso una y otra vez en un texto tan corto?)
J había “descargado” su necesidad de conocer más lugares como ese con su acompañante, y a mi, de alguna manera, me pasó lo mismo con la mia. Caminábamos por la calle entre mariachis, jaladores, gringos y borrachos. No habíamos gastado mucho y aún era temprano. De pronto me sentí tranquilo caminando entre tantos miserables. No había forma de contaminar algo aun más dañado que yo.
Entramos a otro
congal, pedimos una cerveza...